domingo, 1 de abril de 2007

Pequeño

Hace tiempo escuché que siempre hay un momento en nuestra vida en el que tomamos conciencia de nuestra pequeñez. ¿Te ha sucedido?


Yo no recuerdo cuándo fue la primera vez que tuve esa sensación, pero es algo que me ocurre constantemente. Me detengo por un instante, y una especie de vértigo momentáneo me paraliza. Me siento una partícula minúscula dentro de un colosal engranaje.

No necesito mirar al universo, ni al planeta Tierra, ni a mi continente, país, región... basta con mirar a mi alrededor pensando en todo lo que me muestran mis ojos, y de dónde viene, para sentir que no soy más que eso: un ser pequeño, que aparentemente pinta bastante poco.

Pero ya se sabe: el desierto está hecho de granos de arena; el océano lo está de gotas; tú, yo, ... todos pequeños. Sin ti, sin mí, sin el resto, seguro que no sería igual.



Ilustración: http://www.exploraquinta.ucv.cl/imag/full03/s9/g6/b2_2.htm

Rostros conocidos

Hasta hace no mucho, los rostros que aparecían ante mí eran rostros conocidos. Personas que veía casi a diario; familia, amigos, compañeros...


Digo que eran rostros conocidos porque más allá del aspecto puramente fisiológico, detrás de esas caras había historias que no me eran ajenas, y que en cierto modo consideraba también parte de la mía.

De un tiempo a esta parte, muchas de esas caras se han difuminado hasta casi borrarse. Sucede que no sólo he dejado de verlas, sino que además sus vidas son caminos que ya no me cruzo.

Ahora los rostros conocidos son vecinos, gente del pueblo, del edificio donde trabajo.. pero son sólo eso, rostros.

martes, 20 de marzo de 2007

Y la luna se ríe

Esta noche volviendo a casa la he visto: en su papel protagonista, como siempre. Apenas le basta mostrar una pequeña porción de sí misma para captar mi atención (y seguro que no he sido el único). Pero hoy no me lo puede negar: la he visto, se estaba riendo. Y lo hacía, como diríamos el común de los mortales, de oreja a oreja.


Me parece a mí que se reía de nosotros. Desde ahí arriba nos ha visto tiritar, con la sopresa en la cara, porque este año el invierno ha decidido despedirse haciendo acto de presencia. Y ella no ha podido evitar que se le escapara esa sonrisa pícara...

Ilustración: www.mundopoesia.com

sábado, 10 de marzo de 2007

Bienvenido

4 kg. 53 cm. Ocho de la tarde del ocho de marzo. Ha llegado Nacho, el primer hijo de Elena y Santi, dos grandes amigos.

Esta tarde les he visitado en el hospital. No son los primeros amigos que tienen un niño, pero la situación es especial porque, como ya he dicho, se trata de dos grandes amigos. Y si encima se une que Nacho era un niño muy pero que muy deseado por todos, poco más queda que decir.

Me gustaría describir la maravillosa imagen que he presenciado al entrar en la habitación, aunque como siempre, temo no ser capaz de encontrar las palabras adecuadas. Pero no queda otro remedio; en este caso creo que por respeto a ellos no habrá más imagen que mi descripción.

Elena estaba sentada; imagino que harta de pasar muchas horas en la cama. En el otro sillón estaba Santi, bien acomodado, y con un bichillo dormido sobre su pecho. Todo lo grande el padre, todo lo pequeño el hijo. Una de esas imágenes que las ves y al instante te transmiten paz, ternura, y un deseo de estar en el lugar de ¿ambos? Algo difícil en mi caso: demasiado grande para ser durmiente, y demasiado poca cosa para ser lecho.

Pero antes de todo esto, antes de entrar, me he encontrado en la puerta de la habitación un montón de flores y un cartel enorme que decía "Bienvenido". Una vez dentro, había otros dos carteles parecidos, con la misma palabra. Tan sencillo y tan certero.

Te agradezco tu llegada y, como un cartel más, te digo: "Bienvenido".

domingo, 4 de marzo de 2007

Estaciones de paso

Este año el invierno no ha pasado por aquí. Me parece que con tanto cambio climático ha pensado que mejor se quedaba en casita, no se fuera a derretir.


Se ha limitado a dejar que el otoño se fuera diluyendo poco a poco hasta que la primavera le tomara el testigo o, como si se tratara de la cola del mercado o la sala de espera del hospital, le diera la vez.

Hoy he salido a dar una vuelta corriendo por los caminos que rodean mi pueblo, y la primavera lo llenaba todo: los campos que recuperan el verde intenso, el río que lleva tanta agua que resulta imposible vadearlo, el sol que ha hecho aparecer las primeras camisetas de tirantes, y un montón de sonidos que parecían olvidados desde hacía semanas.

Es otro de esos momentos perfectos para encauzar un cambio de rumbo, lo mismo que sucede en septiembre y en año nuevo. Habrá que probar.

Mientras tanto, levanto la mirada y ya no veo al invierno; está lejos, lejos, lejos...

Ilustración: Yoshiro Tachibana

martes, 20 de febrero de 2007

Silencio

El lunes pasado, al volver del trabajo, se apoderó de mí un deseo, una idea, una necesidad urgente de silencio. No sé realmente el motivo; el caso es que lo necesitaba, y le abrí la puerta.

Llegué a casa y me sumergí en una atmósfera relajada, ausente de los sonidos habituales que me acompañan cada día, en especial el de la radio. Para mí es extraño pasar un rato largo en la cocina, en el baño, o en mi dormitorio sin tener algún transistor encendido. Muchas veces ni siquiera escucho lo que se dice, pero me siento a gusto y acompañado, sobre todo cuando en casa no hay nadie más que yo.

Así que olvidé la prisa; cené con calma, saboreando los alimentos como no recordaba haberlo hecho en muchísimo tiempo, y después incluso me dediqué a estudiar, desempolvando un libro que no había tocado en meses. Al final me fui a la cama y estuve leyendo un buen rato Chamán, de Noah Gordon, arropado por esa calma que me reconfortaba.

Muchas veces se habla de lo incómodo de los silencios. Creo que eso sólo sucede cuando el silencio está vacío; por suerte, no era ese mi caso.

Es contradictorio pensar que cuando más prisa nos damos es cuando menos cosas hacemos y menos las disfrutamos (vísteme despacio que tengo prisa, bien dice el refrán). Esa noche me dormí con la sensación de haber disfrutado cada minuto de esas últimas horas del día. Y todo ello, en silencio.

Vuelvo

Más de dos meses sin abrir nuevas ventanas a las que asomarse desde este observatorio es demasiado tiempo. Y lo peor no es el tiempo transcurrido en sí, sino ser consciente del paso de cada uno de los días; ver cómo la hora 24 llegaba y las ventanas seguían cerradas.


¿Por qué? Digamos que todo se ha confabulado de manera ¿diabólica? para que así fuera. Cuando tenía alguna mirada que comaprtir, no encontraba las palabras mágicas o el tiempo preciso para que se abriera la ventana.

Así que he ido acumulando a lo largo de estas semanas unas cuantas miradas, aún vacías de palabras, de esas que llaman borradores, y parece que va llegando la hora de que muten convirtiéndose en ventanas por las que entre la luz.