miércoles 11 de enero de 2012

Y en unas décimas, todo cambia

Esta mañana estuve a punto de presenciar un atropello. De hecho, el atropello se produjo, pero debió suceder apenas un minuto antes de que yo pasara en el otro sentido con mi coche. Se me cruzó un perro suelto, y fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que sucedía en el carril del sentido contrario: una figura con abrigo rojo y una mochila tumbada en el suelo; gente acercándose para intentar ayudar; un coche parado con la luna rota por el impacto; su conductor unos metros delante, con la rodilla en el suelo y con un claro gesto de "Dios mío, ¿qué he hecho?".
No quiero ni puedo precipitarme, pero todo apunta a que la culpa no fue del conductor, pues el peatón parece que cruzó por un lugar indebido, quién sabe si por culpa del perro.
Ni que decir tiene que se me ha quedado mal cuerpo; había ya varias personas que estaban cerca y yo he pensado que poco o nada podía aportar, así que he seguido adelante, pero no podía evitar pensar en lo que había visto, y en los tristes protagonistas de la historia: el conductor y el peatón.
En ambos casos, está claro que la vida les ha cambiado en apenas unas décimas.
El peatón, si es que ha sobrevivido, puede que tenga que sufrir durante mucho tiempo, quién sabe si el resto de su vida, las secuelas del brutal impacto contra el coche.
El conductor, por su parte, aún en el caso de que se demuestre que no ha tenido culpa en el accidente, verá condicionada su vida por lo que pasó hoy.
Muchas veces nuestras decisiones nos marcan, y están ahí. Lo peor es cuando lo que nos marca viene de algo que no podemos decidir, y que como en este caso, sucede en apenas unas décimas.
Más que nunca, es en estos momentos cuando viene a la cabeza la tan manida frase de El club de los poetas muertos, "Carpe diem". Nunca sabes adónde va a conducirte tu próxima decisión o de dónde provendrá el hecho imprevisto que te cambie para siempre.


jueves 20 de octubre de 2011

Detalles (de educación¿?)

Hacía mucho que no abría una ventana a este observatorio, y siento ser un poco recurrente, pero ayer y hoy he observado algunos detalles a mi alrededor que a lo mejor para ti no son más que manías de este quisquilloso que escribe, eso lo dejo a tu discrección. 

La primera fue a la salida del metro de Ciudad Universitaria. Muchos días, en lugar de coger el bus en Moncloa, hago el tramo hasta la facultad de medicina en metro, y cuando salgo a la parada de bus, según me dé, me voy andando o si me conviene, cojo alguno de los buses que me dejan a la puerta del trabajo. Ayer vi como el G cerraba las puertas supuestamente por ir lleno, pero según pasó por delante de mí, pude ver que en la parte de atrás había incluso asientos sin ocupar. Claramente la locución "Por favor, pasen al fondo" no surte demasiado efecto. 

A la vuelta del trabajo, en el bus que me lleva a casa, reparé en que a mi lado había una señora de bastante edad de pie (el autobús ya iba lleno) No sé si yo fui el más rápido (lo dudo) o el único que reparó en ella, el caso es que le cedí mi asiento, y me di cuenta de que aquí, tonto el último. 

Por la tarde, en la feria de las fiestas de mi pueblo, disfrutaba viendo a mi hija montar en las distintas atracciones. Disfrutaba hasta que dejé de hacerlo (al menos en parte) por el humo de los cigarros de algunas madres (particularizo porque los dos casos que se dieron eran de mujeres). Sí, es un sitio abierto, pero al final lleno de gente, lleno de niños, muchos de ellos bebés, y creo que poco cuesta aguantar un rato para echarse el cigarrito mientras ves a tu hijo/a disfrutar en los cochecitos o las bolas. 

El metro esta mañana iba también hasta arriba, pero lo de pensar un poco y quitarse la mochila para ocupar menos tampoco va con algunas personas. Me he subido al autobús de la línea 82 viendo otra vez que al fondo había sitio, pero en este caso el detalle ha sido otro: el conductor ya había cerrado, y algunas personas se habían quedado a un paso de entrar; sin embargo, ha vuelto a abrir para cerrar bien,circunstancia que ha aprovechado un hombre trajeado (pero no afeitado) de unos treinta y tantos (calculo yo) que no estaba precisamente en primera fila para subirse, o al menos en un principio para intentarlo. Un chaval que se había quedado fuera le ha afeado la conducta con un "muy bonito"; el hombre se ha medio cortado, pero al final ha acabado subiendo. Muy bonito; como decía antes, aquí, tonto el último. 

Serán manías, pero a veces me cuesta sacar el lado positivo a los detalles que tenemos (o no) los unos con los otros.


martes 27 de septiembre de 2011

Con nombres y apellidos

Me resulta curioso escuchar de labios de mi hija Andrea cómo empieza a llamar a algunos de compañeros de clase por su nombre y primer apellido. Lo que el año pasado, en la guardería, eran menciones a Hugo, Bruno, Martina, Katia, etc. ahora son referencias a Hugo Luna, a Gonzalo Sánchez, pero también a Paula, Sofía, Marina, Daniela...

Sí, Andrea ya va al cole, y ese hacerse mayor también se nota a la hora de hablar de sus compañeros. Entonces me acuerdo de que hace ya muchos años, cuando yo iba al colegio, era lo mismo: había varios Javier, varios Fernando, varios David, a los que se llamaba por su nombre y su primer apellido; algunos incluso perdían el nombre y sólo respondían a su apellido.

Al final no deja de ser lo que nos sucede a medida que nos hacemos mayores; vamos perdiendo poco a poco nuestra singularidad inocente de la infancia para irnos diluyendo en la multitud del mundo adulto, donde sólo se nos conoce por el nombre que obligatoriamente debe ir acompañado del apellido, ya que de otro modo no hay forma de encontrarnos.

Firmado, Alejandro Rubio :)

viernes 6 de mayo de 2011

La guerra lo justifica todo

Estamos en guerra, o eso dicen, contra el terrorismo. Parece que eso justifica todo. Llevamos viendo toda la semana cómo las mismas personas que se llenan la boca con palabras como justicia, libertad o derechos humanos se congratulan del asesinato de Bin Laden. Sí, asesinato, que tampoco se preocupan en ocultar.

Eso sí, después de jactarse de haber eliminado del mapa al terrorista más sanguinario y de proclamar a los cuatro vientos que el mundo es ahora más seguro (¡ja!), se vuelven a poner el traje de moderados y prudentes para decir que no es conveniente mostrar las imágenes del cadáver.

En fin, todo esto no hace más que redundar en lo mismo: donde dije digo digo diego y según me conviene me pongo un traje u otro. Las personas son personas, y al hablar de igualdad nos damos cuenta de que unas vidas valen más que otras.

No defiendo al terrorista, pero el terrorista, el empleado de banca, el presidente de gobierno, el currito que se levanta cada mañana para sacar adelante a su familia,... todos son personas. A veces se nos olvida.


martes 26 de abril de 2011

Hartura

Poner la radio, la tele, leer los periódicos... todos los días es lo mismo. En política, quiero decir.

Resulta sorprendente escuchar a políticos de uno y otro bando lanzarse los trastos a la cabeza, preocuparse más de lo que hace o deja de hacer el otro que de lanzar un mensaje positivo, que bastante tenemos con lo que tenemos. A veces pienso cómo es posible que se crean las cosas que sueltan de manera gratuita, porque aquí soltar disparates es gratis.

La pena es que, como en el anuncio, estamos como dormidos, anestesiados que dicen en algunos medios. Y es verdad. Nos tragamos cualquier cosa con tal de que nos dejen en paz. Metemos a todos en el mismo saco, pero al final seguimos encasillados, fieles como corderitos a nuestra ¿ideología? Y así nada cambia. Partido de tenis: ahora sacan unos, luego les toca sacar a los otros.

Tenemos la desgracia de padecer un sistema político bipartidista de hecho, acomodado, y poco dado a pensar en la gente. Y las voces en el desierto que claman contra esa situación al final son sólo eso, voces en el desierto.

Ay, dios mío, qué hartura....

Libros perdidos

Pues otra historia de biblioteca al canto; es lo que tiene visitarla tan frecuentemente como lo hago en estos últimos meses.


No me limito a ir allí a estudiar, sino que de vez en cuando me doy una vuelta por las estanterías buscando algún libro que pueda interesarme, y de hecho ya he encontrado más de uno. El caso es que son muchas las ocasiones en las que encuentro libros que no están donde deberían estar, bien en un estante que no les corresponde, bien en un lugar alfabético equivocado.

Más de una vez he visto en bibliotecas avisos a los usuarios para que no coloquen ellos los libros en las estanterías porque, es verdad, un libro mal colocado es un libro perdido, y es una auténtica lástima que hasta que no hagan un inventario, ese libro pueda quedar olvidado.

Yo intento poner mi grano de arena, y cuando encuentro libros olvidados, los coloco en su sitio o si dudo, los dejo sobre la mesa para que los bibliotecarios, que de esto saben un rato, los devuelvan al lugar que les corresponde.

miércoles 30 de marzo de 2011

Oportunidades

Ayer hablaba sobre genios anónimos, y hoy iba en el bus oyendo de fondo una canción que no conocía y de la que tampoco he sabido identificar el intérprete. No sé si se trataba de Maldita Nerea, El Pescao, u otro artista distinto. La cuestión es que no me sonaba especialmente bien, la voz, quiero decir. Y no digo que eso tenga que ser así. Cuántos grandes autores que hacen grandes canciones no son precisamente grandes intérpretes.

Bueno, me retracto de lo anterior: claro que tiene que ser así. ¿Por qué grandes autores se empeñan en desafiar el buen gusto obsequiándonos con interpretaciones que no están a la altura? Al contrario también sucede, pero yo creo que menos: hay intérpretes que se meten a autores, pero ahora a la cabeza me vienen casos en los que lo hacen con ayuda de gente que sabe del tema.

Pero esta mirada no va de eso. Volviendo al comienzo, pensaba en casos concretos de artistas de gran éxito que objetivamente no pasan de ser del montón, pero que por lo que sea han tenido una oportunidad que han sabido aprovechar. Olé por ellos.

El otro día, en un taller de técnicas de concentración, la chica que lo impartía nos contaba que la suerte está hecha de oportunidades, y es verdad. Hay gente que, como decía en la mirada de ayer, nunca tendrá una oportunidad de demostrar lo que vale, o la tendrá y no sabrá o no querrá aprovecharla, pero si lo hace podrá mirar atrás y decir que tuvo suerte de estar en el sitio adecuado en el momento preciso.

Las oportunidades se presentan a las personas sin distinguir sus cualidades. Una persona con pocas capacidades puede aprovechar una oportunidad que cambie su vida, y por el contrario otra con un talento fuera de lo normal puede dejarla pasar y que nadie nunca sepa que estuvo junto a un auténtico genio.

Y falta un último grupo: el de los que ni tienen capacidades ni aprovechan oportunidades, y que seguiremos instalados en la mediocridad.