lunes, 21 de enero de 2008

Siempre pagan los mismos

Otro día más oigo en la radio una noticia que se repite cada cierto tiempo: una mujer ha fallecido al estrellarse su coche con otro que circulaba en sentido contrario por la autopista A4.

Hasta aquí el hecho es relativamente normal: el impacto frontal le ha provocado la muerte. Lo terrible es cuando se sabe que la fallecida circulaba en el sentido correcto de la circulación, mientras que el ocupante del otro coche no. Pero lo peor es que el individuo (vamos a dejarlo en individuo, que me caliento y...) que circulaba en sentido contrario y que ha dado positivo en el control de alcoholemia, ha salido del accidente herido leve.

Y es que no es la primera vez que oigo esta noticia: el conductor responsable e inocente fallece, mientras que el borracho o irresponsable de turno salva la vida e incluso sale ileso. No me tranquiliza nada saber que no es suficiente con intentar hacer bien las cosas, porque siempre puedes sufrir las consecuencias de la irresponsabilidad de otros. No es un consuelo que el superviviente tenga que enfrentarse a las consecuencias de sus actos, porque él al menos tiene una vida para arrepentirse de lo hecho.

Sálvese quien pueda.


viernes, 28 de diciembre de 2007

Huelga en el metro



Hoy mi mirada cuenta con un nuevo aliado: mi nuevo teléfono móvil. Lo tengo desde hace unas pocas semanas, y todavía me cuesta acostumbrarme a usar todo lo que trae, pero poco a poco voy haciéndome a él. Aquí está la primera muestra: una fotografía que saqué la semana pasada en el interior de una estación de metro. Me resultó muy curioso ver las hojas de plátano junto con las hojas de periódico; hojas naturales vs. hojas artificiales.

La imagen tiene su origen en la huelga que desde hace ya dos semanas están llevando a cabo los empleados de la limpieza del metro. Se podría decir que lo que se ve aquí es limpieza, en comparación con el panorama general.

Entiendo y apoyo el derecho que los trabajadores tienen a ponerse en huelga para reivindicar lo que estimen justo y oportuno, pero dentro de lo razonable. Los dos primeros días apenas se notaba que no se estaba limpiando en el metro. Creo que en general los usuarios somos bastante limpios. Pero a partir del tercer día la cosa cambió, y empezó a verse una cantidad desproporcionada de residuos, lo que era síntoma inequívoco de que había alguien detrás. Incluso han aparecido vídeos de las cámaras del metro que muestran actos de auténtico vandalismo, como por ejemplo verter aceite en el suelo para que los usuarios resbalen.

Estos días se está hablando mucho de este tema. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha dado la orden de rescindir los contratos con las empresas concesionarias y, si esto sigue así, me parece que los que van a salir perdiendo son los trabajadores. Huelgas sí pero con cabeza, por favor.

Ilusión. Regalos.


Hace mucho que guardo esta mirada, y qué mejor momento que la época por excelencia de los regalos para traerla al observatorio.

Desde hace bastante tiempo detecto en mí mismo una creciente, y también preocupante, falta de ilusión en todo lo que tiene que ver con los regalos. Tanto es así que cuando pienso en la palabra regalo, el efecto que me produce tiene más que ver con el estrés que con la ilusión que se supone debería tener.

No tengo la menor duda de que la sociedad de consumo tiene, si no toda, mucha parte de culpa en esto. Recuerdo que antes un regalo era algo muy especial, algo que se esperaba con nervios e ilusión, tanto si se era el receptor como si era uno mismo el que hacía el regalo. Se hacían sólo en las ocasiones especiales (cumpleaños, santo, Reyes), y muchas veces eran cumplimiento de deseos que llevaban mucho tiempo ahí, lo que multiplicaba por mil la satisfacción que de por sí producía el hecho de darlos o recibirlos.

Ahora todo es distinto: si necesito algo, voy y me lo compro. Todo es más o menos accesible. Hay casi de todo al alcance de casi cualquier bolsillo; de mayor o menor calidad en función del nivel adquisitivo. Pero resulta raro entrar en una casa y no encontrar prácticamente cualquier cosa que se nos ocurra. Muchos artículos que hace tiempo se consideraban un lujo, hoy son indispensables. Todo el mundo tiene uno o varios aparatos de televisión, dvd, cadena de música, ropa de todo tipo, libros, discos, artilugios, etc.

Y esto conduce a uno de los momentos de mayor estrés cuando se aproxima una fecha señalada: ¿qué le regalo? o también ¿qué me pido de regalo? Cuántas veces oímos "si es que no sé que regalarle; tiene de todo", y es verdad: tenemos de todo. Y también sucede con el valor del regalo, que parece que sólo medimos la bondad del mismo en relación directa a su precio.

Qué quieres que te diga, a mí todo esto me estresa mucho. Te rascas el coco pensando en algún regalo para tus padres, hermanos, pareja, amigos, mirando qué tiene o qué no tiene, especulando sobre si le gustará o no lo que con tanto esmero has escogido, y al final no lo disfrutas... No sé hacia dónde conduce todo esto, pero yo necesito que me devuelvan la ilusión, por favor. Esa es toda mi carta a los Reyes.

Imagen obtenida de http://www.morguefile.com/archive

jueves, 22 de noviembre de 2007

Atado de pies y manos

Ayer recibí un correo de mi operador de telefonía móvil, Movistar, en el que se me presentaba el nuevo y estupendo catálogo del programa de puntos digital, totalmente gratis. Deben haberme leído el pensamiento, porque estoy a punto de decidir cuál será mi nuevo teléfono.

Hasta aquí, todo bien. Pero sigo leyendo el correo y parece ser que para poder visualizar el citado catálogo tengo que descargarme e instalar en mi ordenador (en cuál de ellos¿? :-)) una aplicación llamada Zinio Reader (primera vez que lo oigo). Mi primer pensamiento es "¡horror!", vislumbrando lo que sólo unos clicks más adelante, ya dentro de la página de la susodicha aplicación, queda confirmado: los requisitos del sistema me dicen que yo, usuario cada vez más habitual de GNU/Linux, sólo puedo instalar el programa en sistemas operativos Windows o Macintosh. Miro las FAQs, y se confirman mis sospechas: estoy atado de pies y manos al imperio Microsoft.

A ver, no soy de esos que van diciendo "Microsfot = satanás". Me parece que tienen cosas buenas, y que tienen mucha culpa de que la informática esté presente en muchos lugares donde hace unos años era impensable; pero de un tiempo a esta parte me he vuelto un tanto beligerante con su forma de actuar amparándose en su posición de dominio dentro del mercado, que da lugar a situaciones como la que relataba al principio de esta mirada. Me siento atado de pies y manos.

Mientras otros se esfuerzan por abrir el abanico de posibilidades y dejar que seamos los usuarios los que decidamos, Microsoft mantiene su filosofía de "lo mío es lo mejor y si quieres ser alguien, debes ser compatible conmigo; si no, atente a las consecuencias, porque yo no me voy a mover un pelo en tu dirección". Sirva un ejemplo: OpenOffice permite abrir, modificar y guardar documentos de Microsoft Office, además de otros muchos formatos -entre ellos, el estándar ODF-. Intenta en Microsoft Office abrir un documento ODF, y luego me cuentas el resultado.

Este es un tema largo, y podría seguir, por ejemplo, con el asunto de la compatibilidad de las páginas web con navegadores distintos a Internet Explorer. Pero por hoy, basta.

Tan sólo pido que se me permita acceder a la información siendo yo quien decida el sistema operativo, navegador o aplicación que quiero utilizar. Desátenme, por favor.

martes, 20 de noviembre de 2007

Compañeros de trabajo

Sin duda una de las mejores cosas que me quedan de mi paso por los distintos proyectos y lugares en los que he trabajado es la cantidad de compañeros y buena gente que he conocido y con la que en mayor o menor medida he intentado mantener contacto.

Este sábado pasado estuve con los compañeros del último proyecto por el que pasé. Fue una buena ocasión para vernos, compartir recuerdos y anécdotas, contarnos cómo nos va, y sobre todo para disfrutar de una buena comida -hindú- y una no menos agradable conversación.

Creo que he tenido suerte en todos estos años con los compañeros con los que me ha tocado trabajar. El balance entre los buenos y malos recuerdos es claramente a favor de los primeros, si bien es cierto que según pasa el tiempo, el contacto con los más antiguos se va perdiendo y es remplazado por el de nuevos ex-compañeros. Lo importante para mí es que, al menos, haya ex-compañeros con los que seguir en contacto.

(Gracias a Manuel por la foto, y a él, a Rubén, Gonzalo, Pablo y Arturo por la buena tarde que pasamos)

martes, 6 de noviembre de 2007

A veces...


(...) a veces se me olvida que sólo soy espectador,
a veces las canciones se convierten en ceniza,
y el corazón hundido en un bolsillo de mi pantalón,
y la ciudad palpita con horario de oficina (...)

Alerta, como un soldado en una garita
desnudo, como un chiquillo recién nacido
crispado, como las manos de un trapecista
planchado como los trajes de los domingos.
Me defiendo como gato panza arriba
sin llegar a distinguir a mi enemigo,
y me enredo con los hilos de tu vida
y me enfrento a un inventario de castillos.

Y a veces se me olvida que solo soy espectador
a veces las canciones se convierten en ceniza
y el corazón hundido en un bolsillo de mi pantalón
y la ciudad palpita con horario de oficina.

Camino con los cordones desabrochados
enfilo algún bar abierto al doblar la esquina
presiento la luz dorada de un escenario
pero las cosas del alma no se adivinan.
Me despiertan las noticias en la radio
y me abruma la locura de los días
y me aprendo de memoria el calendario
las maneras de vivir son solo mías.

Y a veces se me olvida que solo soy espectador
a veces las canciones se convierten en ceniza
y el corazón hundido en un bolsillo de mi pantalón
y la ciudad palpita con horario de oficina.

Y me aprendo de memoria el calendario
las maneras de vivir son solo mías.

Y el corazón hundido en un bolsillo de mi pantalón
y la ciudad palpita con horario de oficina.
A veces se me olvida que solo soy espectador
a veces las canciones se convierten en ceniza.

"A veces se me olvida" - Quique González. Personal (1998, Universal)


¿Quieres escucharla?




viernes, 2 de noviembre de 2007

Progreso

Al principio seguramente no era más que paraje inhóspito repleto de árboles.

Entonces, en algún momento, alguien pasó por allí. No necesariamente una persona. Pudo ser cualquier animal, al que siguió otro, y siguiendo el rastro del anterior, otro más. Y sus pisadas hicieron un pequeño sendero.

Ese sendero, que llevaba -o no- a alguna parte, se fue haciendo un poco más ancho a medida que la gente -ahora sí- y el tiempo pasaban; lo suficiente como para que un caballo con o sin carromato pudiera atravesarlo.

El sendero pasó a ser camino, ruta de comunicación entre pueblos. Y pasaban por allí tantos, y el mundo avanzaba a pasos tan agigantados, que hizo falta alisarlo, compactar la tierra, tapar sus baches para hacerlo más cómodo y rápido. Los caminantes, caballos y carros dieron paso a los primeros automóviles.

Se hizo imprescindible que ese camino se convirtiera en una carretera. La tierra quedó oculta bajo una capa de cemento. Seguía siendo estrecho, tánto que sólo se podía atravesar en un sentido cada vez.

Los pueblos fueron creciendo, el tiempo fue pasando, y esa carretera se ensanchó un poco más, y el cemento también fue cubierto por una capa oscura de asfalto, delimitada por interminables líneas blancas con un montón de señales, cada cual con su significado.

Pero aún no había terminado. El camino necesitaba ensancharse más para poder engullir tanto progreso en forma de automóviles de todo tipo, marca, color y características. Así que creció hasta ofrecer espacio suficiente para que dos, tres, cuatro, automóviles en cada sentido circularan por carriles distintos.

Y ahora, ¿qué viene?