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miércoles, 5 de enero de 2011

Cambio de año

Se fue 2010, llegó 2011, y por arte de magia, en un solo día todo cambia. Se acaban las penas, y me cambia la cara.

Pienso en 2010 como si fuera un bote de pintura blanca al que caen un par de gotas negras; parece mentira, pero la blancura ya no es tal (obsérvese que al contrario no suele suceder: dos gotas blancas en un bote de pintura negra son literalmente devoradas). Podría decir que el pasado año ha sido estupendo si fuera capaz de pasar por alto el fallecimiento de mi madre y la lesión que me tuvo en el dique seco todo el verano; esto último quizá tiene poca importancia, lo primero creo que es más que una simple gota negra...

La cuestión es que yo, al igual que mucha gente, soy así: dan las doce campanadas y hago borrón y cuenta nueva con la esperanza de que el cambio de un dígito en el año se lleve todo lo malo y traiga sólo cosas buenas. Me recuerda a esa pregunta típica del día de cumpleaños: "bueno, ¿qué se siente al cumplir los ....?" que casi siempre tiene la misma respuesta, bastante lógica por otra parte: "pues nada especial, lo mismo que ayer cuando tenía un año menos".

Sea como fuere, me agarro (nos agarramos) a lo mínimo que pueda suponer un cambio de tendencia. Llevaba días deseando cerrar el 2010; ya han pasado 5 días del nuevo año, y me conformo con decir que hasta ahora las cosas van bien. Tengo muchas esperanzas depositadas en el año que ha comenzado (nacimiento de Jorge, oposiciones...), y espero que no haya mancha negra capaz de emborronarlo.

Por lo pronto, esta noche y mañana pienso disfrutar todo lo posible de la fiesta de los Reyes Magos.

Feliz 2011, por fin.

martes, 30 de octubre de 2007

Días que empiezan de noche

Hace dos días cambiaron la hora sí, pero la semana pasada sucedía lo mismo que ocurrirá en apenas unos pocos días: mi día comienza de noche.

Entonces me levanto aún de noche, con los ojos tan cerrados que daría lo mismo la luz que hubiera, y al salir de casa sigue siendo de noche, aunque intente convencerme de que estoy comenzando un nuevo día. Mi cuerpo bosteza, se queja, se estira y se resiste a convencerse de esto ha comenzado, que hay que ponerse en marcha.

Pero esto no es lo peor. Queda la otra parte, cuando el día se acaba también de noche. Y mi cuerpo sigue luchando. En unas semanas miraré el reloj que marca poco más de las 5 de la tarde, y el sol ya no estará a la vista. La única luz será la de los fluorescentes alargados de la oficina, o la de las farolas, de los faros de coche o de los neones de las tiendas.

Y vuelvo a mirar el reloj pensando "no puede ser; es demasiado pronto para dormir". Pero oigo persianas que se bajan, y mis párpados reivindican su derecho a hacer como ellas.

Al final, la noche gana al día... pero no por mucho tiempo.